Recuerdo desde la niñez que comentar de política en nuestros hogares, en el barrio o en la ciudad, era un asunto muy esporádico y evitado en las primeras tentativas de búsqueda de diálogo. No recuerdo haber tenido alguna orientación práctica de parte de la familia, la escuela o la sociedad en general sobre la curiosidad natural que despiertan los acontecimientos políticos de la vida en comunidad. Recuerdo bien poco las clases de educación cívica y economía política del colegio, los mítines y campañas electorales cada vez que se convocaban a elecciones, sin conseguir entender el trasfondo de las prácticas y verdaderas intenciones políticas del momento.
Las mejores explicaciones que podíamos conseguir los niños y adolecentes de los adultos era: mejor no envolverse en política, por razones de temor a la represalia del poder establecido, el desprestigio, abuso de poder y corrupción política que hasta hoy existen. Llegaban a nuestros oídos noticias de gente perseguida, presa o con serios problemas con el gobierno, por participar en las luchas políticas del país, sobre todo a aquellos que simpatizaban con las ideas comunistas y revolucionarias de la época. Recuerdo bien hechos que marcaron mi consciencia política como los ocurridos en los años 60 con la captura de Hugo Blanco, un agitador político que se levantó contra el “régimen democrático” en la ceja de selva de Cusco.
En el medio militar en que me desarrollé solo se tocaba el tema político en cursos doctrinarios y en conversaciones muy privadas, sin despertar el gusto o el olfato crítico de la realidad política, al fin y al cabo la ley no lo permite. Solo a los 59 años de edad, después de recuperada mi condición de ciudadano y luego de una profunda reflexión sobre mi papel copartícipe en la sociedad, decidí entrar en esta cruzada por la educación y participación política del pueblo, sin tinte partidario alguno ni afán de figuración personal; tan solo con el único propósito de encontrar las verdaderas causas de nuestra endémica realidad socio económica. La verdad de todo este asunto es que ya me cansé de 110 años de la misma historia de países “libres e independientes” y de que a los latinos nos sigan viendo como una sociedad de incapaces del segundo o tercer mundo. Tengo la profunda convicción que siempre podremos cambiar el curso de nuestra historia al reinventar el tipo de política que hacemos o dejamos de hacer actualmente los ciudadanos del pueblo.
La historia del hombre simple del pueblo, desde que decide vivir en grupos sociales, para protegerse, apoyarse, complementarse y colaborar mutuamente en su crecimiento y desarrollo socioeconómico y cultural, más o menos continúa hasta ahora con la misma hoja de ruta. Fueron los nobles, clero, intelectuales y filósofos quienes dictaban “el deber ser” y los políticos prácticos o emisarios, los que dirigían las acciones “el cómo hacer”. El pueblo es quien vive las consecuencias de los actos de quienes ejercen el poder político que el pueblo les confía a través de su voto. Ese mismo hombre cuando comenzó a elegir a sus representantes, se conforma con el papel pasivo de asistir a las urnas para luego retirarse a su casa y olvidarse del asunto hasta las próximas elecciones, delegando sus plenos poderes a sus representantes, sobre quienes pierde su derecho de control y fiscalización de los actos de gobierno.
Si deseamos realmente cambiar el devenir histórico político de nuestra sociedad, tenemos que comprender la esencia del porque es muy necesario e imprescindible la participación activa de todos y cada uno los ciudadanos en los asuntos públicos del Estado. Es el pueblo quien vive las dificultades naturales que existen o se derivan de la vida en grupos sociales y es el propio pueblo quien debe buscar las mejores ideas, soluciones y colocarlas en práctica, para luego ir mejorándola conforme a las experiencias. Somos nosotros el pueblo que colocamos a prueba la legitimidad y eficacia de las leyes y normas de la sociedad. Es decir somos la razón de existencia de todas las organizaciones públicas, las que deben estar al servicio del pueblo y no al servicio de los intereses de algunos cuantos ciudadanos.
“La vida política de una sociedad es demasiado compleja y delicada para dejarlo en manos de un pueblo ignorante…”, este es el argumento más efectivo en el que se basan los políticos para continuar abusando del ejerciendo el poder en provecho propio y de espaldas al pueblo. Sinceramente pienso que la América Latina, ya esta viviendo el momento histórico y oportuno para salir de la situación de continuas crisis y evitar que nos sigan llamando de países inestables políticamente.
Tenemos muchas cosas a favor para que el pueblo comience a educarse en las nociones básicas y prácticas de la política de su comunidad y país. Uno de los grandes canales que va a permitir al pueblo reconquistar su verdadero lugar protagónico en el juego político, son los nuevos medios de comunicación de tecnología digital que facilitan y hacen posible este tipo de comunicación a grandes distancias, abierta, no linear y horizontal. Donde todos podemos expresar nuestras ideas y opiniones con el debido respeto a la inteligencia humana. Ya existen las herramientas, los medios materiales, el conocimiento colectivo de la humanidad; sin embargo lo que esta faltando es la voluntad de las masas para atreverse a conocer y participar activamente en el fascinante mundo de la política.
Se vislumbran tiempos mejores para la humanidad, en el cual todos tenemos la posibilidad de crecer y desarrollarnos con dignidad humana, (sean los propios gobernantes, pueblo gobernado, burócratas, trabajadores, etc.), sin temores ni miedo de perder su posición, al final todos seremos ganadores de una vida satisfactoria en comunidad. La finalidad máxima de toda comunidad política es el perfeccionamiento de sus miembros: las personas, de todas las personas y de cada persona. En ello, los valores de solidaridad y transparencia en nuestros actos públicos juegan un papel importante que marcan la diferencia en los tipos de sociedad. No sigamos siendo meros espectadores del juego político de nuestros países, ya es hora de entrar a la cancha a jugar el gran partido de la historia que a nuestra generación le toca enfrentar, en su búsqueda persistente de una sociedad, donde sea muy agradable vivir en paz y justicia.